Viñetas en blanco y negro O “Este arcoíris es mío”

 1. El blanco de la inocencia, el gris de la confusión y el negro de la duda

Debo comenzar por aclarar que el concepto de feminismo no es para mí uno sólo, claro y definitivo, ya que como muchas otras corrientes de pensamiento, se nutre y se transforma por las nuevas ideas que encontramos a cada paso. Tampoco se puede decir que una feminista tenga una única y fija noción de su feminismo. Cada una de nosotras va creando a su manera, y creando, según sus experiencias, su propia forma de asimilar las corrientes de feminismo a las que se expone en el transcurso de la vida. Es más, la variedad de corrientes que se encuentran hoy dentro de dicho movimiento y los muchos debates que se quedan sin conclusiones definitivas son una muestra más de la imposibilidad de encajonar este movimiento en un grupo consistente y definido.  Bajo una forma posmoderna de ver la situación de la mujer y las batallas que cada una de nosotras libra, diría, como el viejo adagio: “Cada cual habla de la feria según como le vaya en ella.” A mí me ha formado más el feminismo natural desarrollado por la experiencia propia y el contacto y aprendizaje con la madre y la abuela..

Es un tema que adquiere proporciones aún más profundas cuando se comienza a vivir, como en mi caso, la gran debacle entre hombres y mujeres. Si esta se da en nuestro propio hogar, de una parte, te afecta; de otra, algo aprendes de la vida si no te dejas sobrellevar por el asunto; al menos así fue para mí. Es algo que nos rompe por dentro obligándonos a tomar partido por uno de los dos progenitores, algo que de niño se siente como inevitable y muy dramático. Y claro que no fue difícil para mí estar del lado de la madre cuando la abrumadora realidad mostraba su sufrimiento diario causado por los vicios y los abandonos del padre, la dureza de una vida pobre en la que se tiene que trabajar en cualquier cosa para suplir la falta de recursos para levantar a los hijos y el agobiante dilema de no saber si es peor seguir en esa vida miserable o abandonarlo todo. En los dos casos pesaban igualmente el miedo y la inseguridad. Miedo a la furia del marido, al rechazo de la sociedad y sus críticas. Miedo a no saber a dónde ir, qué hacer, de qué vivir, ¿llevarse a los hijos o dejarlos? En el grupo de los hijos estaba yo. Confundida, asustada, sin poder comprender a una edad tan corta qué diablos era la vida, especialmente la de las mujeres. ¡¿Por qué estaba yo allí en medio de esa locura!? Y, peor aún: ¿Me esperaba algo similar en el futuro? A los siete años ya poblaban por mi mente estos pensamientos y, en particular, un gran miedo y todo el desconcierto del mundo que pudiera caber en una mente aun tan joven e inocente.

Me parecía extraño ver que mi abuela, que era tan buena y trabajadora, no tuviera la misma autoridad y poder que mi abuelo, que era un borracho consuetudinario. Cuando alguna vez le pregunté sobre el asunto, me contestó que los hombres creían que por tener el animal ese de afuera, podían hacer y deshacer. Luego agregó, “no sé si es por esa arma que ellos se arranchan contra nosotras y contra los que son menos o si es porque tienen fuerza o las dos cosas, lo cierto que es ese cañón se parece al que usan para matar y lo usan para crear violencia.” Hasta los hijos eran producto de la violencia, parecía pensar. “Uno no quiere tener tantos  muchachos, pero si llegan y si lo hacen a uno sin siquiera pedir permiso y estando borrachos ¡que es peor! . . . Con tres más haciendo cola para comer, para atenderlos y cambiarles el pañal.” Aunque mucho de lo que me dijo después en contra de los hombres habría de afectar mi aceptación de ellos por un largo tiempo y aun mi desempeño sexual en mis primeras experiencias, los suyos fueron los primeros comentarios feministas de una mujer que sabiendo escasamente leer y escribir era una ignorante muy sabia. Pude ver, por muchas otras conversaciones que tuvimos las dos que había sido específicamente el uso del falo como instrumento de penetración y símbolo de control físico, unidos a una percepción de los hombres como seres violentos (al menos en los países donde impera el machismo) lo que había marcado el desagrado que la abuela expresó toda su vida hacia los ellos. A pesar de ser una analfabeta, la abuela conocía bien el primer verso de las Redondillas de Sor Juana Inés de la Cruz, pues lo repetía cada vez que podía casi en forma de canto, “Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón. . . .” De ahí en adelante, la abuela se convirtió para mí en una figura que iría a ocupar, hasta el día de hoy, un lugar importantísimo en mi vida y en mi formación posterior como mujer y como feminista.  Unos años después, en la escuela, estudiaría a la famosa monja mejicana y mis lecturas de la misma corroboraron, de alguna manera, ese sentimiento que comenzaba a formarse en mí de desconfianza hacia los hombres. De estas dos figuras femeninas hay mucho más que decir pero lo dejo para más adelante.

2. La universidad y el matrimonio: una explosión de colores inusitada y sorprendente

Terminada la secundaria y alejada ya de algunas de las terribles condiciones de la infancia, la experiencia en la universidad habría de traer para mí una explosión de colores antes no imaginada. Conocí gente de variados orígenes, de todos los géneros, de colores tropicales y de sabores dulces.  Aprendí a conocerme mejor y sobre todo a aceptarme como una persona normal, con esto quiero decir.

Estudiar se había convertido en mi mejor refugio y los libros en mis grandes aliados. Mis clases de psicología y antropología, en particular, me ayudarían a comprender mis miedos y las posibilidades de liberarme de ellos. Comentar sobre mi sexualidad con otras personas que no fueran del círculo de mujeres de la familia, fue muy revelador. Comencé a comprender que yo no era la única que había pasado por tales experiencias, que el problema era más bien un mal social que aquejaba a muchas, y que tal vez yo podría hacer algo para superarlo. No conocía nada del feminismo como movimiento social; y al final de mis estudios universitarios apenas pude enterarme de su existencia. Me sentí feliz de mi encuentro con el mismo. Para ese entonces ya estaba casada y me había convertido en madre. Mucho de lo que no comprendía de las actitudes de mi madre, adquirió un nuevo significado. Ser esposa y tener hijos me hizo cambiar radicalmente, no necesariamente para mi bien. Volví a confundirme sobre mi papel como mujer y sobre cómo asumir ese nuevo rol para el que muy poco se nos prepara. No podía decir que seguiría el ejemplo de mi madre ya que aunque había trabajado incansablemente por sus hijos, después de separarse de mi padre, no me había dejado una clara noción de maternidad. La suya se había desarrollado en medio de tal caos y penuria, que lo que más recordaba era su sufrimiento. No quería que me espantara el recuerdo de su forma de vida de esa época, pero con el tiempo me di cuenta que inconscientemente repetimos mucho de las malas lecciones aprendidas.

¿A quién culpar de mis confusiones y contra quién arremeter en los momentos en que me sentí prisionera del pasado y de mi propia decisión de casarme y tener hijos? Me había hecho partícipe de las primeras ondas feministas que se habían propagado en Bogotá y mis mayores deseos eran los de no dejar que nadie—obviamente mi esposo uno de los que menos—me dijera qué debía o no hacer con mi vida. Con el tiempo, esa actitud me habría de costar mi matrimonio y la consecuente culpabilidad que brinda separarse, al reconocer el daño que trae a los hijos y a nuestra propia persona.

El chivo expiatorio fue mi esposo, a quien culpé de haberme hecho “caer en la trampa del matrimonio”. Por mucho tiempo pensé que el atractivo que él había representado para mí como hombre generoso y deseoso de ayudar a los demás, era lo que me había impulsado a dar ese paso para el que no estaba lista. Me sentía joven, inexperta y con muchas ganas de gozar una libertad que no había tenido nunca antes en mi miserable vida anterior. Sin duda, él recibió una gran parte de mi furia. Aunque había sido un buen compañero y nunca me trató como lo hicieran los hombres de mi familia con sus mujeres, creo que no supe equilibrar mis impulsos, las influencias externas, y mis nuevos deberes. Además, ante cualquiera de sus acciones que me recordaban a mi papá desataban en mí tanta furia que reaccioné en más de una ocasión de manera extremadamente violenta.  Sentí que iba de un extremo al otro buscando la libertad a la que me impulsaban tanto el “feminismo natural” de la abuela como el aprendido en los libros, a la vez que trataba de ser una mamá responsable—algo que tampoco tenía muy claro. Fue un periodo de gran confusión que sólo mucho tiempo después pude analizar y comprender con más claridad. Considero, no obstante, que aquél fue un periodo de crecimiento invaluable, que formó mucha de la entereza que me acompaña hoy. Aprendí a ser valiente, a valorarme un poco más y, en particular, a creer en mí– trabajo que no ha terminado.

… Como anuncié antes, con estos temas seguiré más adelante. Todo de una es demasiado para mi pluma que sigue el compás del corazón y no quiere romperse antes de terminar de contar la historia. Todo por colores; todo a su tiempo.

Acerca de Clara Sotelo

Born in Bogotá, Colombia. Studied and specialized in languages--maternal and foreig, anthropology, feminism, literature, social change and justice, environmental issues, and more.
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