La bendición del maíz

–“No puedo creer que haya venido, maestra,” expresó con viveza un joven de unos 17 años ante la presencia de su profesora en la fiesta de su pueblo.

–“¿Por qué dices eso? Este tipo de cosas me encantan: ‘La bendición del maíz’ se llamaba tu invitación para esta actividad de fin de semana, ¿no es así?”

–“Sí, pero nunca expliqué que era también una celebración de indígenas desplazados.”

–“Tampoco tengo nada contra los indígenas; debemos aprender a convivir con ellos. Me sorprende, sí, que haya una comunidad tan interesante aquí detrás de estos imponentes cerros. Es como si fuera un mundo completamente diferente, lejos de la ciudad, aunque a su lado; con todo al alcance, no obstante, funcionando de la manera más rudimentaria. Siento como si hubiera traspasado una barrera en el tiempo y el espacio. ¿Cómo viniste a dar aquí?”

–“Me dijeron que la mayoría de la gente de nuestra región se establecía en este lugar; así que de boca en boca, y de calle en calle . . .Yo llegué primero, traje a mis viejos después. En los días antes de encontrar el lugar, a mí también me pareció que detrás de las montañas que rodean esta fría y tosca caricatura de ciudad moderna, sólo había botaderos, peladeros . . . una especie de caldera del diablo a la que temía asomarme siquiera. Me sentía más seguro en la calle del cartucho, donde me quedé unos días mientras hice unos contactos. El primer día que me trajeron aquí, me dio mareo. Ahora, a estas alturas siento más vida que toda la que hubieran podido darme los muchos ricachos que me prometieron ‘salvarme de una perdición segura’.”

–“Venga y conoce a mis padres. Mi mamá, Eunita, todavía hila y teje la ropa de muchos de nosotros, cuida las plantas de su jardín, y más que nada, a sus nietos; cocina para tres familias y alimenta algunas de las bestias de toda la comunidad.  No habla castellano pero lo entiende bien. Somos Awá.” Y dirigiéndose en su lengua materna a una mujer de unos 45 que se les acercaba: “Mamá, esta es la maestra de que le hablé, parece ser la única que  entiende qué es ser diferente.”

–“Mucho gusto, señora. Estoy disfrutando del lugar. Gracias por invitarme.”

La madre, por toda respuesta, les obsequió una de sus sonrisas. Luego unió las manos sobre su cabeza abrazadas palma contra palma bailando adelante y atrás en señal de alegría. Cantó algo en su lengua. El hijo hizo la correspondiente traducción: “Se alegra también de verla a usted aquí.”

Excitada y sorprendida a la vez, mirando hasta donde el horizonte se lo permitía, la Señorita López recorrió con la vista el contorno de los sembradíos, los huertos, y los galpones en guadua.  Una mano en la frente para guardar sus ojos del sol, la otra extendida con el índice señalando los lugares que su voz dictaba. Enunció melódicamente, con la rítmica alegría de una maestra de primaria que enseña las tablas de multiplicar cantando, los nombres de las maravillas que veía.  Parecía querer explicarles a sus propios creadores qué era lo que tenían allí.  “Huertos de papa, maíz, quinua, cebolla, ajo; jardines, composteros y biodigestor. Todo se ve sano y vigoroso; tienen árboles frutales, hierbas, flores, animales salvajes y, lo que más me ha fascinado, sus aves: pavos reales, cacatúas, cotorras, faisanes, quetzales, tucanes . . . Es casi imposible de creer. Parece que estoy soñando. El río y el lago son alucinantes.”

–“No sueña, señorita. Aunque esto se ve más maravilloso de lo que es.” Interrumpió el padre del muchacho.

–Me llamo Venancio. Es una alegría que haya aceptado nuestra invitación. Y volviendo a nuestro cuento, al principio, cuando esto era de verdad un basurero y se inundaba en el invierno, nadie quería vivir aquí y por eso nos dejaron quedar sin problema. Hemos domesticado poco a poco el territorio. Ya llevamos ocho años y ha sido una linda experiencia. Trajimos todas estas aves de la selva; no podíamos abandonarlas; por fortuna, se han acostumbrado a vivir en nuestros invernaderos. También estamos domesticando y adaptando otras plantas de la selva tropical.”

Suspiró profundo y después de un silencio breve continuó.

–“Ahora que han visto que hemos recuperado y puesto a funcionar el lugar, que logramos compartir los recursos sin agotarlos ni contaminar, ahora sí les interesamos. Mucha de nuestra gente sigue llegando desplazada como nosotros por la violencia, pero ya no podemos atender a todas sus necesidades. ¡Qué dilema! El lugar se nos está achicando. Éramos cinco familias, antes; ahora, somos quince. Además, tenemos nuestros enemigos.  La ciudad se ha dado cuenta del valor de estas tierras y van a iniciar un  proceso para tomarlas como terrenos públicos para una avenida circunvalar y construcción de conjuntos de apartamentos.”

La maestra horrorizada inquirió si podría colaborarles en algo.

–Al menos puedo votar en contra del referendo y hacer algo para que otros voten, y ayudar a correr la voz de actos y actividades.  No sé. Algo se nos ocurrirá. Sigamos pensando en eso.” Agregó.

–Le agradecemos su oferta. Hablaremos de eso luego; venga, ahora disfrute de la celebración.” Insistió el padre del muchacho que se la llevó a que conociera las malocas donde funcionaban los laboratorio de experimentación con plantas medicinales, recuperación de plantas nativas, preservación de semillas, estudio de resistencia de especies y similares.

La tarde toda fue una cadena de sorpresas de colores y sabores, gente sonriente, buena música y una conversación con nuevas perspectivas y fresca como agua cristalina sobre cómo recuperar el tiempo y terrenos perdidos.  La maestra sabía de la amenaza al medio ambiente y de la importancia de que todos cambiáramos.  No obstante, nunca antes había oído a fondo sobre los retos inmediatos a que nos enfrentamos. Tampoco sabía de planes más atractivos para confrontarlos. Estaba positivamente sorprendida.

Las horas pasaron volando. La maestra, que se había divertido mucho, decidió despedirse. Había disfrutado de desfile de arreglos florales, jornada de bailes, concurso de coplas, juegos, carreras, demostración de preparación de comidas y degustación de platillos, banda y hasta discurso y libaciones de los hombres y mujeres veteranos del lugar. Al oído de su estudiante murmuró: “Que lástima no poder esperar hasta la ceremonia principal pero ya son las cinco y tengo mucho que hacer. Sin embargo, dime ¿a qué hora crees que llegará el sacerdote?”

–“¿Sacerdote? ¿Y los que participaron hoy aquí? ¿No sintió el poder de convocación y de inspiración de la palabra de nuestros mayores? ¿Son las suyas bendiciones de menos categoría? Al menos en nuestro caso todos  colaboramos directa o indirectamente con el éxito de la siembra y la cosecha. La bendición debe salir de nosotros. O ¿es que también hay discriminación en el cielo? <<No se aceptan ofrendas de “esos indios”. . .>>”

Paró de repente. Se dio cuenta de con quien hablaba y lo que decía.

–“Dijiste que tendríamos una bendición del maíz.” Insistió la maestra.

Mirándola fija y directamente a los ojos, lleno de sorpresa y con una voz firme aunque llena de frustración, replicó:

–“Y, ¿qué cree que hemos estado haciendo todo el día?

Después de un breve silencio y sacudiendo la cabeza murmuró: “Y yo que pensé que usted sí me entendía.”

Se alejaron caminando en direcciones opuestas; ambos mirando hacia el suelo como si una súbita depresión los hubiera avasallado.

Mientras regresaba a la ciudad se sintió extrañamente incómoda. Una basura se le había instalado en el pecho y le hacía cosquillas malignas en el alma. No sabía por qué. En un  recorrido de media hora, que hizo en menos de 20 minutos, voló mentalmente a tiempos pasados. No supo a qué horas se enfrentó a los cruces más peligrosos de la ciudad. Pensó en todo menos en que manejaba por una de las ciudades más peligrosas del planeta.  Vio imágenes de su niñez: Una familia católica de sólidos principios, escuela de monjas, buena comida, educación y actividades de caridad, nada mal para empezar. Había igualmente escudriñado sonriente en los recuerdos de su modesta pero alegre juventud: Un padre y una madre ejemplares que le habían dado de todo lo que una chica de clase media podía desear en esos tiempos; y sobretodo, una educación, algo de lo que su madre no había disfrutado, por ejemplo.

De pronto, se encontraba frente a la puerta de su garaje. Sonrió. Sus viejos le habían dejado una hermosa casa en un sector prestigioso. No podía quejarse. Gozaba de excelentes relaciones con sus dos hermanas, un hermano y varios sobrinos con quienes se reunía en innumerables ocasiones especiales del año y pasaba ratos fenomenales. Casada y viuda una vez, sin hijos, decidió dedicarse a la profesión que amaba con pasión–el magisterio. Era respetada por sus colegas, querida por sus estudiantes, y se mantenía ocupada en actividades diversas . . . ¿qué más podía pedir? Se veía a si misma como una buena persona. Estaba agradecida con la vida y se había propuesto envejecer con dignidad: ocuparse en cosas interesantes (deportes, lectura, arte, teatro, viajar); total dedicación a si misma.

El lunes en la escuela la maestra se acercó a su estudiante; tímidamente, le preguntó si era verdad que su padre reciclaba electrodomésticos y muebles; ella con gusto le pagaría porque le ayudara a llevarse un montón de cosas en desuso que sus padres habían acumulado con el transcurso de los años. Acordaron que el sábado siguiente por la mañana el padre y uno de sus hermanos que le ayudaba, pasarían a recoger los bártulos: La antigua cómoda, el tocador y la cama de los abuelos, la grabadora de sus hermanos, la heladera de papá cuando le dio por pescar, la máquina de coser de … hasta le daba tristeza deshacerse de todo aquello.  Ya había contemplado la posibilidad de quedarse con todo, pero solo serviría para ocupar espacio, producir más polvo, y recordarle su vida anterior.  Podría venderlo todo . . . ¡qué dilema! pero no necesitaba el dinero y sería más una inconveniencia que una ganancia. Una lágrima se perdió rápido en la manga de su saco.

Dejó a cargo de la entrega a la empleada. Se iba de compras. No era capaz de ver todas esas cosas salir de su vida de un solo golpe. Era como si le arrancaran un pedazo de su propio ser. Pensaba en los viejos tiempos y la atacaba un incontenible deseo de llorar. Ese día no se dejó impresionar. Estaba decidida. No! Se había prometido ser fuerte. De nada servía llorar; mucho menos vivir de los recuerdos.

En su coche, ya en la atosigada calle, se dejó, como todos, llevar por la corriente de una presión innecesaria que la amarraba a una carrera sin sentido contra todos los demás. Quiso entrar en la avenida principal sin tener mucho que esperar en la intersección, pero se le cruzó una de esas carretas tirada por equinos en la que dos hombres transportaban cartón de reciclaje.  Trató de cortarla y colocarse delante para sacar ventaja.  Ante su fracasado intento, se mantuvo unos segundos al lado del rústico vehículo sin mirar siquiera a sus conductores. El hombre que la guiaba, finalmente la sobrepasó por unos metros en el carril adyacente.  Si algo le molestaba a ella de la capital eran esos detalles que atentaban contra su identidad de lo que muchos ya creían ser una ciudad cosmopolita.  De esos había muchos pero éste ganaba por una nariz. Maniobrando diestramente logró por fin meter su auto detrás del que corría adelante del caballo que halaba la carreta. Las llantas chillaron y la bestia se paró en sus patas traseras. La mujer sólo atinó a sacar su brazo fuera de la ventanilla con el dedo del medio erguido como un arma penetrante y acompañada de un sonoro “váyase al carajo, zorrero de m….”  Se  sonrojó sin poder terminar la frase. Todo pasó tan rápido; no supo cómo ni por qué hizo lo que hizo. Como consolación se auto-aseguró en medio de una risa-llanto:

–“Es solo un pecadillo. Tampoco soy perfecta. Y, de verdad que son una molestia a pesar del servicio que prestan. El gobierno debería hacer algo con ellos.” Volteó con rabia en el siguiente semáforo. Su pecho se levantaba alto y fuerte con un corazón que parecía querer salírsele. Nunca había tenido tanto miedo.

Volvió a casa al atardecer y encontró todo tal y como lo había dejado. Había preparado su mente y su alma para el vacío emocional que le dejarían las cosas ausentes. Para su sorpresa, allí estaban mirándola inquisidoramente como diciéndole: “¿No que querías salir de nosotros? Y, ahora ¿qué vas a hacer?” No les puso atención. Se fue a su baño a tenderse en su tina para despejarse. Meterse entre unas burbujas le vendría bien. En mucho tiempo no había hecho algo así.  Tenía un buen vino, pan y queso. Encendió unas velas. Leyó parte de un buen libro. Se quedó dormida.

El lunes siguiente en la escuela se acercó a su estudiante, esta vez, con menos aprehensión. Llevaba una sonrisa incrédula, casi como una mueca burlona.

–¿Por qué no vino tu padre como habíamos quedado? Hasta cierto punto me ha causado inconvenientes pues he sacado todo al garaje para tenérselo listo y ahora está allí tirado, ocupando el espacio de mi carro. ¿Por qué no vino a dejarme un mensaje o me llamó, al menos, para saber qué pasaba?

–Lo siento mucho, maestra, explicó el joven. Mi papá tuvo un accidente el sábado cerca de su casa, antes de llegar allí a cumplirle su ofrecimiento.

–¿Cómo es posible?  ¿Qué le ocurrió?

–Un coche furioso se le atravesó, le hizo perder el control del animal y éste lo tiró. Cayó en sus espaldas y ahora los mayores lo curan de sus heridas y moretones. Menos mal que no se ha roto ningún hueso y que mi tío pudo tomar control de la situación. Ha decidido no trabajar más como reciclador.  Era la primera vez que aceptaba ocuparse de eso. Le daba un poco de miedo hacerse zorrero porque le habían dicho que aquí en la ciudad no los querían mucho.  No todos tienen buena fama.  Ahora, nos ha dicho, prefiere quedarse a cuidar las bestias del monte y no tener que lidiar para nada con las de la ciudad. Ah, y a usted le manda la bendición del maíz. Aquí tiene, son unos tamales de los que hicimos con la cosecha del festival del otro día. Esperamos que nos recuerde mientras los consume.

Acerca de Clara Sotelo

Born in Bogotá, Colombia. Studied and specialized in languages--maternal and foreig, anthropology, feminism, literature, social change and justice, environmental issues, and more.
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